Toma de decisiones
- Carmen Farelo Rodríguez
- 4 oct 2022
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 15 oct 2022
Para mi tomar decisiones siempre ha resultado muy difícil, desde pequeña siempre he dudado entre todas las posibles opciones hasta tal punto de mi madre odiar venir conmigo de compras, ya que ella es de la opinión de que “si la primera opción te convence, te quedas con ella”, mientras que era de las que “aunque me guste la primera opción, quiero ver todas las posibilidades”.
Aunque estemos hablando de algo tan insignificante como comprar ropa, este pensamiento se extrapolaba a todos los ámbitos de mi vida, en un principio no suponía un gran mal, ya que las decisiones las tomaban mis padres por mi (obviamente al ser una niña), pero con la llegada de la adolescencia y, por lo tanto, de más responsabilidades, todo se complicó.
La gran primera decisión que recuerdo haber tomado fue decidir el instituto al que quería ir tras acabar el colegio. Mi madre, siguiendo su línea, opinaba en quedarme en mi pueblo (si la primera opción está bien, quédate con ella). Sin embargo, para mi el cambiarme de instituto significaba un gran abanico de posibilidades, ya que podría decidir irme a estudiar a Toledo, la gran ciudad. Allí había multitud de institutos, más de los que podía contar con los dedos de mis manos, y supuso una gran saturación el decidirme, aunque luego fue una decisión que me gustó bastante ya que fui al mismo que mi pareja.

Con la llegada de las notas de selectividad ocurrió lo mismo, yo no sabía ni qué estudiar, estaba tan indecisa entre una ingeniería, química, matemáticas o comunicación audiovisual, que no parece que esté hablando de la misma persona… Esa decisión supuso un quebradero de cabeza, porque, además de mi poca gestión sobre el asunto, todo mi alrededor influía en exceso en esa decisión, todo el mundo opinaba y aconsejaba.
Finalmente, cuando decidí comunicación audiovisual, se me planteó de nuevo un duelo: estudiar en Madrid o en Salamanca. Madrid suponía quedarme en mi círculo cercano, mientras que Salamanca implicaba dejar todo atrás y comenzar de cero en un nuevo sitio, una nueva ciudad, nuevas personas… A pesar de caérseme una lagrimilla cada vez que pensaba en el asunto decidí irme a Salamanca.

Cuando pienso en lo fuerte que fue tomar tantas decisiones de seguido, me da pena de la Carmen del pasado, ya que su toma de decisiones era gestionada de la peor manera posible, sin ningún método, simplemente ella contra su mente y las opiniones de los demás. Donde solamente conseguía liarme aún más sin llegar a ninguna conclusión.
Así era mi toma de decisiones antes: vueltas en exceso y de manera insegura.
Sin embargo, de los fallos se aprende, y a través de las nuevas decisiones y lo que la vida te va poniendo en el camino, he ido avanzando y creciendo, y, por lo tanto, he aprendido a gestionar cómo enfrentarme a las diferentes situaciones que requieren de una decisión.
A día de hoy, a pesar de no conocer los métodos de la suma de vectores o de la lista de prioridades, creo que esta última sí la he aplicado de manera inconsciente, ya que, tras irme de Salamanca y tener que tomar nuevas decisiones, decidí que YO era la prioridad: mi desarrollo personal y mi salud mental, seguido de mi familia y pareja.
Es por eso que, a raíz de ello, he ido tomando nuevas decisiones, esta vez de manera segura y firme, a través del pensamiento crítico, como por ejemplo, hacer las prácticas de la carrera en una productora audiovisual en Alicante, ya que en Salamanca no me gustaba ninguna de las opciones, sentía que no me iban a llenar y, cuando surgió la oferta de irme allí, lo reflexioné (ya no en exceso) y tomé la decisión de irme porque iba a suponer un gran crecimiento en mi tanto profesional, debido a las propias prácticas, como personal, ya que necesitaba nuevos aires, conocer gente, crear nuevos vínculos, etc.

A la hora de plantearme qué hacer después del grado, tenía claro que, sino me cogían a trabajar en la productora, quería hacer un máster para diferenciarme un poco del resto de personas que tienen Comunicación Audiovisual y especializarme en algo que me gustara.
Por lo que, estuve mirando másteres y me hice una lista de los que me gustaban, hice pros y contras de lo que me ofrecían cada uno (ya no solo a nivel académico, sino en cuanto a geografía, gustos, etc.), y tomé la decisión de estudiar en Gandía, a pesar de irme de nuevo lejos de mi familia y pareja, sabía que personalmente me iba a proporcionar algo muy grande, que mi pueblo no me puede proporcionar.

Por lo tanto, ahora conociendo el método de la lista de prioridades, la mía es la siguiente:
1. Crecimiento personal
2. Salud mental
3. Desarrollo profesional
4. Pareja
5. Familia
Con todo el aprendizaje adquirido, a día de hoy puedo afirmar que en mi toma de decisiones ya no influye nadie, algo de lo que estoy bastante orgullosa, pienso lo que quiero hacer y cuando tomo la decisión (ahora lo haré a través de la suma de vectores y la lista), será firme y segura, para que, aunque salga mal, nunca arrepentirme de haberlo hecho, sino que en su momento creía que era lo mejor para mí y, afrontarlo de la mejor manera posible.
Esta libertad de no pensar tanto las cosas, gracias a que he ido avanzando en cuanto al tema de mi inseguridad, ha hecho que sea más libre, e incluso permitirme ser impulsiva en decisiones que no son tan importantes, como por ejemplo, decidir irme de viaje de fin de semana de un día para otro.
En resumen, me siento muy orgullosa de mí misma por todos los avances que he realizado personalmente, que han mejorado mi toma de decisiones, de las cuales nunca me arrepiento porque sino, nunca sería la persona que soy a día de hoy.




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